Había una vez un sultán que tenía un palacio inmenso, también poseía mucho oro y muchos ejércitos. Además a este sultán le gustaba comer queso. Pero mucho, mucho queso.
Claro, el palacio se había llenado de ratones. Y los ratones se comían el queso del sultán.
El sultán le dijo a su visir que le consiguiera gatos para espantar a los ratones. ¡Y los consiguió! pero maullaban todo el día y toda la noche. El sultán no podía dormir y entonces le pidió al visir que trajera perros para espantar a los gatos. Cuando llegaron los perros, los gatos se fueron, pero éstos se cagaban en cualquier lugar del palacio. Al sultán no le gustó nada y le pidió al visir que le consiguiera leones para espantar a los perros. Cuando llegaron los leones, los perros se fueron, pero el sultán, la sultana y sus hijos tenían miedo de los leones.
En fin, el sultán le pidió al visir que trajera elefantes para espantar a los leones. ¡Y así se hizo! Llegaron los elefantes y los leones abandonaron el palacio.
Pero los elefantes ocupaban demasiado espacio, todo el palacio, y nadie se podía mover allí adentro.
Entonces el sultán le pidió a su visir que se llevara a los elefantes.
Para espantar a los elefantes, el visir trajo ratones, los cuales se comieron todo el queso del sultán.
adaptación de cuentosafricanos.blogspot.com
Conviviendo con leones:
Más listo que los ratones coloraos:
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sábado, 2 de octubre de 2010
domingo, 19 de septiembre de 2010
La historia de la lechera
Una lechera llevaba en la cabeza un cubo de leche recién ordeñada y caminaba hacia su casa soñando despierta. "Como esta leche es muy buena", se decía, "dará mucha nata. Batiré muy bien la nata hasta que se convierta en una mantequilla blanca y sabrosa, que me pagarán muy bien en el mercado. Con el dinero, me compraré un canasto de huevos y, en cuatro días, tendré la granja llena de pollitos, que se pasarán el verano piando en el corral. Cuando empiecen a crecer, los venderé a buen precio, y con el dinero que saque me compraré un vestido nuevo de color verde, con tiras bordadas y un gran lazo en la cintura. Cuando lo vean, todas las chicas del pueblo se morirán de envidia. Me lo pondré el día de la fiesta mayor, y seguro que el hijo d
el molinero querrá bailar conmigo al verme tan guapa. Pero no voy a decirle que sí de buenas a primeras. Esperaré a que me lo pida varias veces y, al principio, le diré que no con la cabeza. Eso es, le diré que no: "¡así!"
el molinero querrá bailar conmigo al verme tan guapa. Pero no voy a decirle que sí de buenas a primeras. Esperaré a que me lo pida varias veces y, al principio, le diré que no con la cabeza. Eso es, le diré que no: "¡así!"
La lechera comenzó a menear la cabeza para decir que no, y entonces el cubo de leche cayó al suelo, y la tierra se tiñó de blanco. Así que la lechera se quedó sin nada: sin vestido, sin pollitos, sin huevos, sin mantequilla, sin nata y, sobre todo, sin leche: sin la blanca leche que le había incitado a soñar.
Fábulas de Esopo. Vicens Vives
De ahí la expresión "el cuento de la lechera":
Hacer las cuentas de la lechera
Venir con el cuento de la lechera
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